Dos años después, Bastian Schweinsteiger llegó a una final de la Liga de Campeones. El destino le había dado la segunda oportunidad de alzarse con el trofeo de trofeos en Europa. Antes, había dejado escapar el tren de la gloria en Madrid, en 2010. Después de un tiempo fuera de las canchas por una lesión, el extremo reconvertido a mediocentro paseaba ahora su atípico dorsal 31 en su césped. En su casa, en su estadio, entre su gente. Y, entonces, Bastian sintió pánico.
Algo más atrás en el campo, en un uniforme verde fluorescente de lo más llamativo, el joven Manuel Neuer se encontraba ante el partido más importante de su carrera. Era la oportunidad de acallar a los que, aún, seguían sin aprobar su fichaje. Demasiado caro, decían. Demasiados errores, decían. Lo cierto es que el pasado verano el FC Bayern invirtió 22 millones de euros en el portero rubio del Schalke 04. Y ahora, en su primera temporada con el cuadro bávaro, estaba a un partido de tocar con sus propias manos el trofeo de la Champions League. ¿Miedo? ¿Quién dijo miedo?
No se habían cumplido los cinco minutos de la prórroga y el Bayern dispuso de un penalti a su favor para adelantarse en el marcador. Mientras Robben se disponía a cobrar la pena máxima y Ribéry se marchaba lesionado, Schweinsteiger se acercó a su propia portería. Allí le esperaba Neuer, atento al penalti inminente. Pero Bastian no podía mirar. En cuclillas, se colocó frente a su compañero, aterrado. Se temía lo peor. Y acertó: Cech detuvo el disparo de Robben.
Luego tuvo lugar la tanda de penaltis. Un cara o cruz a sangre fría que tuvo como actores principales del equipo muniqués a nuestros dos protagonistas. Ahí estaba Neuer, bajo palos. Seguro de sí mismo, invulnerable a las críticas. El portero con cara de ángel se convirtió en titán y paró el disparo de Juan Mata. Después, pasó de titán a Dios cuando él mismo ejecutó de forma magistral el tercer penalti del Bayern. ¿Dónde estaban ahora los críticos?
Llegó el turno de Schweinsteiger. Bastian corrió hacia el balón y lo chutó al lado diestro, pero se estrelló directo en el palo. Y Schweini lloró. Bastian descendió al infierno de su desdicha. Drogba no desaprovechó el regalo y condenó el desacierto de Schweinsteiger, que se había mostrado nervioso y atemorizado el mismo día que Neuer se convirtió en profeta muniqués. Y, sin embargo, ambos se llevaron el mismo premio.
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| Schweinsteiger se lamenta en Múnich (bild.de) |

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